Recuerdo nuestro primer beso.
Era de día, había mucha luz, las feas paredes me incomodaban. Estaba nerviosa. ¿Iba a pasar? Qué emoción, qué emoción... Pasó. Tus manos frías se engancharon a mi cuello y mi cuerpo, tus labios no se separaron de los míos. Sorpresa. Oh, Dios, sentí que se me paraba el corazón... Los labios de una mujer, jamás catados, eran ahora lo único importante. La sorpresa desapareció y emergió el placer entre nosotras, en ese finísimo espacio que nuestros cuerpos no cubrían.
Te amé. No te quise, llegué a amarte. Con toda mi alma. De una forma tan loca, apasionada e irreflexiva que me destrozó. No me importan tus palabras al respecto, sé que pude hacer más. Sé que pude alejarme antes. Pero no era así, no en ese momento. Con nuestros cuerpos enredados en tu cama, tu aliento en mi boca, mis manos en tus caderas... Tu cuerpo esculpido como una estatua, firme y suave, con curvas recatadas que fui descubriendo poco a poco... Creo que mi alma se desmayó cuando te vi desnuda por primera vez. ¿Tan bella eras? Tan perfecto era el tacto de tus pechos contra los míos... Y tu lengua por mi piel y tus piernas en las mías...
Pero todo pasó y cuando, finalmente, pudimos reunirnos después de esa dolorosa posdata, sentí que la pasión y el miedo desaparecían para dejar paso al disfrute de tu belleza y nuestra complicidad. Jamás me sentí mejor contigo que cuando dejé de amarte para empezar a apreciarte. Culminamos ese sentimiento en un beso. Y otro. Y otro más. Había olvidado cuán suaves eran tus labios, el sabor de tu colonia, la suavidad de tu cabello pinchando el mío. No te quiero. Pero lo hice y por eso este recuerdo.
A tu lado he sufrido más que en toda mi vida. Las largas horas esperando una llamada, las ansiosas comprobaciones cibernéticas, intentando averiguar si aún te importaba... si aún sentías ese fuego cuando me mirabas. Los llantos de madrugada, desesperada y enfadada por haber despertado con tu recuerdo en mi mente, cabreada por recordarte cada mañana, destrozada por no tenerte... Amándote por cada sonrisa, odiándote con cada huida. Deseándote con cada abrazo, repugnándome tu tacto cuando te alejabas.
Recuerdo otro primer beso.
Fue para olvidar. Fue por pura supervivencia. Buscaba unas caricias que me hicieran sentir bien sin tener que entregar mi cordura y mi orgullo. Tras una película fantástica, con el vodka bailando en mi riego sanguíneo, busqué una excusa, besaste mi pierna desnuda y te incorporaste. No esperé tu embestida, me estrellé en tus labios. Aún me estremezco al recordar esos besos. Esa fuerza, esa pasión. No sé cómo, acabé sentada en tu regazo. Tus manos me recorrían con presteza, querías sentirme, querías sentirme. Me dejé hacer, sonriendo maliciosamente. Casi temblando, fuiste deshojándome como una flor y allí, desnuda por primera vez frente a ti, habría podido dártelo todo. En ese momento te amé intensamente por devolverme a la vida. Luego el alcohol se bajó y vi en ti un compañero.
Las cosas pueden cambiar, ¿sabes? Lo que por aquel entonces no era más que un efímero capricho ahora es casi indispensable. Te necesito. ¿Por qué no quieres verlo?
¿Por qué no te atreves a decirlo...?