12 de agosto de 2016

Las últimas reflexiones de un número primo

"Has dejado de hablar de ti misma. Y ya no sonríes".

Resonaron como unas campanas fúnebres. Lo eran, en cierta manera. Dijeron que ya no sonreía, y apenas me había dado cuenta. Tan fácil que era hacerme reír, y ya apenas abría la boca para nada más que beber. Y consumir. Y tragar. Y alimentarme.

No te salves, que decía Benedetti. No te salves, quédate conmigo, que decía Irene X. Sobrevive, que me dije a mí misma.

Sobreviví. No me lo esperaba. Y tardé demasiado en saber qué se hace cuando has aguantado, cuando la tormenta ha amainado y toca recoger los restos. Poco a poco. "Escoges el camino más largo", me dijeron. Como si hubiera sido una elección. Como si la hubiera tenido.

No elegí tener miedo de seguir viva y de morir a la vez. No elegí que me hicieran daño. Ni que me agredieran. No elegí que me ardieran las piernas mientras lloraba de pánico. No elegí vivir en silencio para que ni una sola voz, ni un solo verso, me recordara todo lo que había perdido. No elegí perderme. Ni elegí perder a tantas personas. No elegí el deseo, el deseo me eligió a mí.

Pero elegí las drogas no tan blandas. Ponerme colirio y comer dulces para callar el efecto antes de fingir ser decente. Elegí caminar confiando en que mis piernas temblorosas me sostendrían. Elegí curarme y elegí vivir. He elegido la casa en la que vivo, la cama en la que duermo, la ropa con la que me cubro, el maquillaje con el que me adorno y la persona que me arropa en sus brazos. Las personas. He elegido proteger a mis hermanas, honrar a mis padres y no callar jamás.

He elegido el ruido, la calma, las luces encendidas. He elegido encontrarme.

Y he elegido bien.

Te equivocabas, Jay. La luz verde eran sus ojos.