Percibió su presencia antes de verla. A pesar del ruido y de la multitud, sintió claramente cómo sus ojos le abrasaban la nuca, de una forma tan intensa que apuró la cerveza. Pidió otra y mientras esperaba, la calidez de un cuerpo junto al suyo delató su presencia. Aspiró hondo; craso error, pues el oxígeno venía contaminado con su olor.
-Te he estado buscando.
Y la voz. A punto estuvo de echarse a llorar sólo por escuchar su voz, por primera vez en muchos meses. No la miró, sabiendo que observar su rostro no haría más que minar su seguridad.
-Creí que no querías volver a verme -susurró.
-Cambié de idea. No disimules, sé que has estado escondiéndote.
-¿De ti?
-Entre otras cosas.
Le dejaron la nueva cerveza y se llevaron el botellín vacío. ¿Cuántos llevaba ya? Iba a beber un poco del dorado líquido pero ella se le adelantó, cogiendo la botella y echando un trago largo.
No tuvo más remedio que mirarla.
Le había crecido mucho el pelo, una melena larguísima y oscura, de rizos fuertes y sueltos que envolvían su rostro sin ocultarlo, al contrario de lo que ella misma solía hacer. Sus labios enroscados en torno a la boca de la botella se le antojaron insoportablemente sensuales y lejanos; se clavó las uñas en la palma de la mano. Se preparaba mentalmente para el último golpe, el más grande, cuando la otra dejó la botella en la mesa y enfrentó tranquilamente su mirada. Sus ojos felinos, cambiantes, coloreados, de un color miel casi transparente, estaban serenos.
-Parece que hayas visto un fantasma.
-Ana... ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres.
Arrugó la nariz de forma encantadora; fruncía los labios con ese gesto. No era necesario que respondiera, las dos lo sabían bien.
Tembló aterrada. No estaba bien. No podría resistirse. Entonces Ana la rozó, paseando sus dedos peregrinos por su brazo desnudo, deleitándose mientras se le erizaba la piel. Cerró los ojos. No necesitaba verla para saber que una sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus rasgos. De repente sintió su fresco aliento en el oído.
-Quiero ser el fruto prohibido que te tienta.
Se levantó como un relámpago. Suplicó.
-Ya basta. Vete.
Pero Ana siguió sentada sin perder la calma, con el ceño fruncido. Bebió un poco isn apartar su mirada líquida de ella; se iba solidificando en torno a su cuerpo.
-Me he dado cuenta de que eres muy egoísta -empezó-. Ya sabemos por qué te fuiste, y lo acepté aunque reconozco que mi reacción no fue nada madura -sonrió levemente, como si se viera obligada a hacerlo. El recuerdo de los gritos no debía gustarle-. Lo que me parece fatal es que ni siquiera preguntaras mi opinión.
-Conmigo no vas a llegar a nada -intentó prevenirla, desesperada.
Ana puso los ojos en blanco, impaciente, desestimando su débil protesta. Se levantó.
-Sé cosas de ti. Sé cómo has vivido últimamente. Mírate, no eres más que tu propia sombra. ¿De verdad quieres hacerme creer que estás mejor sin mí?
Bajó la cabeza, avergonzada. Era incapaz de resistir la intensidad de su deslumbrancia. Notaba su presencia, su cuerpo acercándose. El roce de su aliento en su mejilla. Movió la cabeza para alejarse de esa leve ráfaga.
-No voy a suplicarte -murmuró Ana.
Levantó la cabeza, resuelta a echarla de una vez y para siempre pero sus ojos eran tan grandes y seguros, sus labios estaban tan cerca que se le fue toda la fuerza. Sintió el escozor de las lágrimas.
-No puedo darte nada.
-Lo sé.
-Ni siquiera puedo hacer promesas. Y si lo hago, serán mentiras.
-Lo sé.
-Y si... si vuelves a tocarme... Si me tocas...
Ana la abrazó, sin ninguna consideración a sus palabras. Su calidez fue abrasadora y su olor asfixiante. Las lágrimas fluían rápidamente, como una presa reventada. Ella se removía, inquieta, sintiéndose peor y mejor que nunca, sollozando, suplicando que la soltara. Pero su amante -su amiga, su compañera- no le hizo el menor caso y estrechó su abrazo, calmándola como un cervatillo asustado hasta que la aterrorizada jovencita se rindió y aceptó sus brazos como un consuelo, no como una cárcel. Aunque no podía verle la cara, sabía que sonreía aliviada, con sus ojos recuperando solidez para atraparlas a ambas.