23 de febrero de 2013

(Des)esperar

Hay ropa por la habitación, zapatos, falda, pantalón. Prendas que revelan su nítida desnudez, justo en medio de la cama, iluminada por el sol de media tarde, este sol de julio que tanto calor le da a su piel transparente. Tiene marcas en los hombros, los pechos y las caderas, ojeras pronunciadas y una satisfecha sonrisa felina que habla de lo que hemos hecho mejor que cualquier poesía.

Se despereza y sacude su melena dorada. Joder qué bonita es. Hace calor, mucho calor, su cuerpo perlado de sudor es una muestra pero siento el frío en las entrañas con tanta fuerza, tan delicado como lo es ella. Quisiera acercarme y abrazarla y que me abrasara, y me derritiera con ese coño suyo que es tan mío.

Ella no me mira. Sus pestañas doradas aletean y crean sombras prohibidas sobre sus mejillas. Se remueve en la cama, se sabe observada. Sus movimientos lascivos me provocan, y tal vez debería acercarme y tomarla como exige a silencios, pero mi frío la quemaría. Es bella y está cerca, sus pezones rosados me llaman y sólo puedo temblar. Por qué tanto miedo. Por qué no te dejas querer.

Se derraman lágrimas por mis mejillas y hasta que no gotean sobre mi pecho desnudo no me doy cuenta. Parpadeo. Su ropa ha desaparecido y ella me está mirando. Abre los labios en una sonrisa dulce, parpadeo y ha desaparecido. Aún hace calor, pero el frío sigue
porque no está aquí
porque nunca ha estado aquí.
¿A qué sabrán sus labios?
¿A qué sabrá su boca?

Lleva mi cama añorándola vidas, ni en este mes maldito se derrama su cuerpo en mis dedos. Cuándo podré cenarme sus gemidos, joder, que la deseo que me muero si no la toco que esto de poesía ya sólo tiene la piel desgarrada.

No es llanto esto, desamor mío, es lo único que me queda de ti.