13 de abril de 2014

Your skin makes me cry

El despertador suena exactamente a las 6:45, pero hacía al menos una hora que estaba despierta. Lo dejo sonar casi tres minutos hasta que me resigno, lo apago, me incorporo y enciendo el primer cigarro del día.

Hoy tengo visita.

La ducha helada me despeja completamente. Frente al armario, dudo entre el vestido hasta las rodillas en tono verde oscuro, o la falda de flores. Acabo decidiéndome por los pantalones más apretados que tengo y la camiseta más larga y más vieja. Mientras preparo café para dos, y enciendo el tercer cigarro del día, la radio habla de un accidente de tráfico, justo antes de deleitar con una estúpida canción ochentera sobre el  amor. ¿Es que no tienen otro tema?

Son casi las 10 de la mañana cuando acabo de limpiar toda la casa. Acabándome el sexto cigarro del día con una mueca de disgusto, tiro el café para la invitada que no ha aparecido. Maldita costumbre de mierda, no se me quitará ni en otros dos años.

Tengo 25 años, fumo casi dos paquetes de Lucky al día. Con un poco de suerte, moriré antes de los 40, y si la zorra de Fortuna quisiera hacerme un gran favor, podré volver a verla antes de entonces.

Finalmente, a las 10:57 aparece Remy. Con gestos rápidos, agitando su cabello por los hombros, abre y cierra la puerta de la entrada, me busca con la mirada. Tuerce la nariz; odia que fume tanto. Hago mi mejor esfuerzo por no abalanzarme sobre ella, la miro tranquilamente desde la alfombra junto a la ventana. Se acerca a mí violentamente; sé que quiere quitarme el cigarro.

-¿La has visto? -me odio por mi voz ansiosa, odio ver la profunda decepción en su mirada. Pero no me retracto. Remy cabecea de forma ausente, y se dirige a la cocina a prepararse un café. Gracias a Dios que he tirado el de esta mañana. Una vez se lo bebió por accidente, y las marcas de su rostro tras los tres bofetones consecutivos que le di tardaron dos semanas en desaparecer.

-¿Cómo está?

-Lo que estás haciendo no es sano -replica duramente, sin mirarme. No me molesto en replicarle; aguantaré el discurso que quiera darme después de que me informe. Suspira-. Ha acabado de mudarse. Estaba muy contenta por eso, aunque ha perdido algunas cosas en la mudanza. Esta vez vivirá sola, ¿sabes? 

-¿Y el trabajo?

-Lo ha dejado. Ha conseguido ser freelance en dos agencias distintas, así que supongo que no necesita el cansancio crónico. Ah, y ha aprobado el examen.

Cierro los ojos por un instante. El orgullo y el recuerdo luchan en mi mente; me decanto por el orgullo. Finalmente lo ha conseguido.

-Entonces no tardaré en marcharse -y, joder, cómo me duele esa idea. Se irá, se marchará para siempre, a un lugar al que no puedo seguirla, en el que construirá su vida y jamás volveré a verla.

-Tal vez tarde un año, quiere ganarse cierto nombre en las agencias antes de hacerlo.

-Estoy segura de que el retraso la irrita.

-Supones bien. Pero es más paciente ahora, sabe que es lo mejor que puede hacer.

-Y... -tomo aire profundamente. Esto va a doler-. Has dicho que va a vivir sola. ¿Qué hay de su amante?

Remy se adelanta con su café solo en la mano y se sienta en el sofá, frente a mí. Esquiva el tema y me lanza una sonrisa cautelosa.

-Ha preguntado por ti.

El cigarro que estoy encendiendo se parte en mis dedos. Bang. Eso ha sido un balazo, ¿verdad? Me toco el pecho esperando encontrar sangre o metralla, pero sólo está el agujero con el que aún no he aprendido a vivir. Jadeo. Inevitablemente, se me llenan los ojos de lágrimas tan amargas como su café. Remy continúa.

-Le he dicho que has desaparecido. Que seguro que te alegrarías mucho por ella, y que se olvide de ti. La verdad es que... no sé si debería decírtelo.

-¿Qué?

En lugar de contestar, Remy saca su teléfono (algo que hace años no creí que ella poseyera) y me enseña una imagen. Temblorosa, tomo el pequeño aparato entre mis manos y consigo milagrosamente que no se me caiga. En la pantalla hay una imagen de una nuca, una nuca blanca y sin vello que conozco demasiado bien, que he besado hasta el cansancio. Con la piel ligeramente enrojecida, en el centro, hay una espiral negra aún fresca, hermosa y desafiante. Ahogo un grito y mis ojos vuelan hacia mi muñeca izquierda, donde descansa una espiral parecida.

Joder, me he roto.

Remy me coge el teléfono y sin decir nada, me acuna entre sus brazos. No sé cuánto tiempo paso sollozando, gritando, dejándolo salir todo. Acabo apartándola y corriendo hacia el paquete de tabaco ya medio vacío, encendiendo otro a toda prisa. Dios, qué ganas tengo de llegar a los 40 años. Noto la mirada acerada de mi compañera sobre mí, y sé que va a decir algo que no me va a gustar.

-Esto no es sano, ¿no lo ves? Has cronificado tu puta crisis, ni siquiera intentas buscar soluciones. En lugar de seguir, te has encerrado, malvives gastando tu dinero en tabaco, apenas ves a nadie. ¡Has renunciado a todo! Tenías un futuro brillante, estúpida, y aún puedes tenerlo. Deja de desperdiciar tu talento en esta mierda de ciudad. ¡Vive de una vez!

-Déjame... tú no lo entiendes.

-¿Que no lo entiendo? -Remy me levanta del suelo, me zarandea. Por un momento deseo que me pegue, pero no, no me dará ese gusto-. Sabes que si alguien puede entender tu patética existencia soy yo. He estado aquí desde el principio, te he visto. Soy yo quien lleva dos años reuniéndome con ella dos veces al mes, y créeme que también he visto su evolución. Eres imbécil, podrías tenerlo todo y te has rendido.

-¡Yo no me he rendido! -rujo con todas mis fuerzas.

-¡Sí lo has hecho! Te fuiste porque tenías demasiado miedo a no hacerlo bien, y ahora que tienes la oportunidad... ¿No te das cuenta de lo que significa? Lo ha hecho, lo ha hecho por ti. Te está esperando, y si volvieras a ella, si me dejaras decirle dónde estás...

-No. No se lo dirás. Yo no tengo ya ninguna utilidad en su vida, ¿vale? Y no eres nadie para ordenarme que haga algo que no debo hacer. Lárgate de una puta vez, sólo me estás destrozando más.

Con los labios muy apretados, Remy recoge su bolso y su teléfono y se marcha dando un portazo con pasos muy rápidos. Cómo ha cambiado desde que nos conocimos; siempre ha sido más fuerte que yo, pero ahora... su fortaleza ha sobrepasado su sufrimiento, y yo me he quedado atrás. Pensando en Kokoro, enciendo el décimo tercero cigarro del día. ¿Y si de verdad...? ¿Podría volver? ¿Podría condenarla a mi patética existencia? Está brillando, lo está consiguiendo todo, y volver a ella significaría que yo tendría que hacerlo también. Esa idea me aterra tanto que me acabo el cigarro en dos caladas para inmediatamente después encender otro.

Moriré antes de los 40, lo sé.

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Remy me sonríe con tristeza, limpiándome los ojos de lágrimas. Me alejo de su mirada sombría, de sus manos de pecado.

-Esto es... ¿es lo que me espera?

Asiente, expectante. ¿Qué se supone que tengo que hacer? No quiero ese futuro. No quiero separarme de Kokoro, no quiero saber que una espiral adorna su cuerpo a través de una imagen. Dios.

-Puedes cambiarlo, ¿sabes? Tienes 4 años para cambiarlo.

-¿Cómo?

Me acaricia el pelo suavemente. Veo cómo sus ojos brillan, no tardará en echarse a llorar.

-Ya lo sabes, cariño.