24 de febrero de 2011

Errar, errar, errar

¿Es errante el que erra? ¿O es acaso herrero? Tal vez un forrajero algo irresponsable que, inconsciente, va forjando día a día, hora a hora, errores. Uno detrás de otro. Sin pausa, sin prisa, ineludible. Si es así, debería recibir un título, porque soy tan lista que he aprendido a equivocarme. Matrícula de honor en la Universidad del Error, me dieron una beca para poder continuar mis estudios día a día sin tener que trabajar.

De vez en cuando mi tesis me lleva en direcciones imprevistas, raras, paradójicas y surrealistas. Y aunque el comité de los sueños siameses me manda pistas, a veces finjo no verlas, me quito las lentillas y me pongo gafas de vieja, avanzando a oscuras. Fingiendo avanzar a oscuras. Cuando debiera caminar con cuidado me pongo las botas de acero y salto sobre cristales rotos que, curiosamente, antes eran mis ventanas. Miraba a través de su superfície, espiando a los vecinos y los viandantes. A veces veía pasar por fuera de mi puerta a algún conocido pero en cuanto las miradas se encontraban, él se desvanecía. Y yo sonreía algo colocada.

A veces, los errores son imprevistos. ¿Son realmente errores? ¿O sólo fingen serlo? ¿Se esconden? ¿Y si no lo parecen? ¿Y si se disfrazan de realidad inevitable? Y luego vienen por detrás, agazapados, y te clavan sus preciosas uñas en forma de puñal en la espalda.

O a lo mejor es que tengo hambre y no razono bien.

7 de febrero de 2011

Confusas reflexiones oníricas

He descubierto que es posible tener miedo del miedo. Asustarse ante la posibilidad de que el pavor te paralice y no sepas qué hacer. O si hacer algo. O si echar a correr. Es muy posible. Pero ese miedo se puede vencer de forma relativamente sencilla. Basta con armarse de valor, sentarse tranquilamente frente al Miedo, que se pavoneará muy seguro de sí mismo y ofrecerle un café con droga. Se desvanecerá y jamás volverás a saber nada de él. Del Miedo al Miedo, me refiero. El Miedo por sí mismo aparecerá de vez en cuando, pero el otro entrará en coma y jamás despertará.

También he aprendido a desdibujar límites. No a difuminar las confusas líneas de un dibujo precipitado, no, eso no tiene interés para una bulímica sentimental como yo. Me refiero a ese momento de peligrosa demencia en que no eres capaz de distinguir sueños de realidad. Sí, claro, habrá alguno que estará preparado, que será premeditado, en que decidirás transformar un recuerdo en un sueño, o un sueño en un recuerdo. Todo tiene sus ventajas. Si es un recuerdo, puedes pedir explicaciones e incluso compensaciones. Si es un sueño, no hay reglas. Puedes transformar lo que quieras en algo eterno, dulce, imparable, bellísimo, moldeado a tu gusto. Por otra parte... todo tiene su parte mala. La cara oculta de la luna. La otra cara de la moneda.

No sé si me he enamorado por fin de la Diosa Selenita o la odio con todas mis fuerzas. Su influjo argénteo me confunde, me hace tener deseos inconfesables, me hace escribir cosas prohibidas. Me obliga a tener sueños tan deliciosos, tan exquisitos, que al despertar los transformo en recuerdos sólo para tener algo bueno a lo que acudir de vez en cuando.

Pero me dejo algo. Sí, claro, la literatura no puede abarcarlo todo, eso es imposible. Y lo que me dejo es la posibilidad, apenas contemplada en estas balbuceantes palabras, vomitadas desde la punta de los dedos por una jovencita con claros desórdenes anímicos... La posibilidad de que, además de sueños y de recuerdos y de miedos y de caos...

Todo esto no sea más que el recuerdo de un sueño.