¿Es errante el que erra? ¿O es acaso herrero? Tal vez un forrajero algo irresponsable que, inconsciente, va forjando día a día, hora a hora, errores. Uno detrás de otro. Sin pausa, sin prisa, ineludible. Si es así, debería recibir un título, porque soy tan lista que he aprendido a equivocarme. Matrícula de honor en la Universidad del Error, me dieron una beca para poder continuar mis estudios día a día sin tener que trabajar.
De vez en cuando mi tesis me lleva en direcciones imprevistas, raras, paradójicas y surrealistas. Y aunque el comité de los sueños siameses me manda pistas, a veces finjo no verlas, me quito las lentillas y me pongo gafas de vieja, avanzando a oscuras. Fingiendo avanzar a oscuras. Cuando debiera caminar con cuidado me pongo las botas de acero y salto sobre cristales rotos que, curiosamente, antes eran mis ventanas. Miraba a través de su superfície, espiando a los vecinos y los viandantes. A veces veía pasar por fuera de mi puerta a algún conocido pero en cuanto las miradas se encontraban, él se desvanecía. Y yo sonreía algo colocada.
A veces, los errores son imprevistos. ¿Son realmente errores? ¿O sólo fingen serlo? ¿Se esconden? ¿Y si no lo parecen? ¿Y si se disfrazan de realidad inevitable? Y luego vienen por detrás, agazapados, y te clavan sus preciosas uñas en forma de puñal en la espalda.
O a lo mejor es que tengo hambre y no razono bien.
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