Los rizos me tapan los ojos pero no llegan a cubrir mi boca. Sin embargo, veo y no hablo.
No digo que esa calma que antes tanto me gustaba ahora me desquicia. Tengo un par de torbellinos gigantes moviéndose dentro de mi cuerpo, sin parar, sin tregua. Es incomprensible cómo puedes mirarme con esa (fría) calma cuando tus labios me ponen todo el vello de punta. Recuerdo perfectamente la última vez que casi me acerco (pantallas tras mis párpados).
No digo las veces que he buscado refugio en tu ausencia, y la he encontrado. Ahora tu ausencia es un cuchillo esperando atravesarme en el momento que apareces. "¿Qué tal, querida?" Menudo chiste de pregunta.
Otras veces he sentido un vacío terrible y ahora lo echo de menos. Ojalá ojalá lidiar con ese espacio desnudo, y no con estos torbellinos que me lamen desde dentro, estallan mi rabia, arrullan mis penas. Me dicen cosas espantosas dentro de mi cabeza, activan las pantallas tras los párpados, me dejan en los tímpanos el recuerdo susurrante de gemidos largamente añorados, me aprietan las piernas desde el hueso, hormiguean mis dedos, tiran de mí, gritan, se pelean. Más alto, más fuerte.
Nunca vas a leer esto. Y sé que empezar así una carta no es más que una forma de atraer a los hados para que acabes leyéndola. Tal vez es lo que quiero. Hay demasiadas cosas que no voy a poder decirte de ninguna otra manera.
Y muchas de ellas no aparecerán en estas líneas.
Te echo visceralmente de menos. A todas horas. Siempre hay algo que quiero contarte, preguntarte o acariciarte. Las noches que me toca el largo paseo es cuando más te pienso; antes, estaba la posibilidad de verte al final de la caminata. Ahora sólo está el recuerdo de tu sonrisa en ese banco de metal mientras agotabas la batería esperándome. No puedo soportar lo mucho que te echo de menos.
Lo siento. Si volviera a pasar actuaría de la misma forma, sin ninguna duda, pero joder lo siento. No deseaba esto. No puedo cederte tanto control, tanto espacio. Been there done that. Ya no soy una niña para dejar que me destroces la cabeza.
Pero, si sólo hubieras pensado un poco, si lo hubieras hecho de otra forma... Te habría esperado. Estaba deseando hacerlo. Me habría buscado un rincón fuera de tu camino, me habría convertido en una presencia cálida, te habría apoyado dándote todo el tiempo y el espacio que quisieras. Habría podido seguir queriéndote sin dolor, sin esta horrible pesadez que no me abandona. Y tal vez no habríamos vuelto a reunirnos como ambas queremos, pero qué dulce habría sido poder recordarte de otra manera.
Me has envenenado. Has destruido irreparablemente el espacio iridiscente que había creado para ti, para las dos. Sólo quería estar a tu lado, extenderte mis brazos, conocerte mucho más, quererte mucho mejor. Todo ese deseo limpio me lo has quitado y no sé qué hacer con la energía que destinaba a ti. Te echo de menos, no soporto verte, no tienes derecho a que te duela, eres tú quien nos ha separado. Estoy confusa y me hago daño, y te echo tanto de menos. Quiero contarte todo esto pero tu condescendencia me llena de una furia fría y agresiva.
Tardas mucho más de lo que esperaba en curar. Creo que ya puedo reconocerme a mí misma que vas a ser una de mis marcas.
Para bien y para mal, nunca olvido cómo las he obtenido.
Un día, escuchamos juntas nuestra canción favorita de Silvio Rodríguez. Me agarro a ese recuerdo cuando todo esto se hace muy duro. No permito que se emponzoñe, esto no me lo vas a quitar.
Apenas puedo centrarme lo suficiente para escribir sobre todo lo que hay en mi cabeza. Pero puedo esbozar los momentos y esperar que formen un cuadro general. Que pueda verlo todo con más claridad.
Distingo una silueta a lo lejos; soy feliz y mi cuerpo retrocede ante ese sentimiento. Sus labios me encuentran antes que mi propia voz. Quiero besar la cadera derecha de un nenúfar. Una imagen de Lea Seydoux me paraliza, por lo mucho que se asemeja al corazón que me destrozó la cabeza. La sonrisa amplia mirándome a los ojos, el deseo arrastrándose entre dos personas que no se van a acercar. El familiar sabor del alcohol me besa, me siento en casa, totalmente embriagada e inconsolable.
Una sirena dice que quiere besarme. Un hombre-minotauro me embiste sonriendo, me desafía y respondo. Las sábanas huelen tanto a mí que me agobia. Quiero sentir placer y sólo siento tristeza. Busco entretenimientos mientras de reojo espero la luz morada. Ignoro la luz morada mientras finjo entretenerme.
Compartimos penas a horas intempestivas; tenemos los mismos miedos, las mismas oportunidades. Salgo corriendo hacia delante. Me bajo de un coche al borde de un ataque de ansiedad. Enfermo por callar lo que siento. ¿Enfermo de amor? Subo a un tren mirando hacia atrás. Quiero colarle el corazón en las clavículas, que me note a su lado. Quiero lamer la piel que se despliega ante mí. Memorizo un cuerpo que no me importa. Paso 8 horas llorando sin saber por qué. Vuelvo a emborracharme para poder dormir.
Mando un mensaje esperando que haya sonrisa al otro lado de la línea. Recibo una llamada en la que sólo se pronuncia una palabra, y me derrito. Ignoro un nombre esperando que se me pase el vacío arrasador al evocar a quien pertenece. Leo lo que escribí y pienso "ojalá te hubieras equivocado". Tengo razón. No me gusta tener razón cuando predigo el desenlace. No veo desenlace a su lado.
Hoy es el día en que he abierto una botella de vino por primera vez.
He pasado la tarde junto a una persona que no me ha conocido en mis peores momentos pero los conoce. Duro, extraño.
Paladeo el vino rosado que aún tengo en la mesa. "Claro que puedes acabártela, si te has bebido tú sola dos botellas". Y aún así no me siento embriagada. Dedico un pensamiento fugaz a mi pobre hígado, a mi cuerpo veinteañero que (estoy segura) tantos problemas me va a dar en unos años.
Esta es una de mis adicciones casi-controladas. Creo que estoy orgullosa de mí misma por no haberme dejado llevar; creo, porque recuerdo perfectamente el momento en el que decidí no dejarme llevar, y es algo que nadie sabe.
No encuentro ni un instante de paz.
Quiero volar.
Necesito alejarme de esta ciudad-pueblo donde he sufrido y amado tanto. Quiero escenarios nuevos para mis nuevas derrotas. Quiero echar a volar acompañada, pero sin coger a nadie de la mano. Quiero profanar a la bruja del mar y dejarla tan temblorosa y anhelante como yo cada vez que veo sus trenzas. Quiero atravesar los cuerpos y almas de personas que aún no conozco.
Quiero sentir, sentir de verdad en las tripas, que merezco la pena.
Hace dos años habría añadido "aún" a esa frase.
No he dejado de merecer la pena ni la alegría, pero sí se me ha olvidado. Estoy siempre cansada por lo poco que duermo por los dolores que me comen viva. Apenas he sonreído por las decepciones que me destrozaban los labios. Apenas he sentido nada por estar ocupada haciéndome daño.
Pero he ido más al cine que en toda mi vida. He dormido abrazada tantas noches que dormir sola me descoloca y hiere. Tengo tanta ternura en A que me cuesta recordar que soy merecedora de todo esto. Él llega e ilumina la habitación más que las luces. Él me da la fuerza necesaria para acercarme a todas las brujas que conozca. Él me protege del frío mientras duerme y me quiere tanto.
Estoy destrozada. Pero mi carne viva se está calmando.
"Has dejado de hablar de ti misma. Y ya no sonríes".
Resonaron como unas campanas fúnebres. Lo eran, en cierta manera. Dijeron que ya no sonreía, y apenas me había dado cuenta. Tan fácil que era hacerme reír, y ya apenas abría la boca para nada más que beber. Y consumir. Y tragar. Y alimentarme.
No te salves, que decía Benedetti. No te salves, quédate conmigo, que decía Irene X. Sobrevive, que me dije a mí misma.
Sobreviví. No me lo esperaba. Y tardé demasiado en saber qué se hace cuando has aguantado, cuando la tormenta ha amainado y toca recoger los restos. Poco a poco. "Escoges el camino más largo", me dijeron. Como si hubiera sido una elección. Como si la hubiera tenido.
No elegí tener miedo de seguir viva y de morir a la vez. No elegí que me hicieran daño. Ni que me agredieran. No elegí que me ardieran las piernas mientras lloraba de pánico. No elegí vivir en silencio para que ni una sola voz, ni un solo verso, me recordara todo lo que había perdido. No elegí perderme. Ni elegí perder a tantas personas. No elegí el deseo, el deseo me eligió a mí.
Pero elegí las drogas no tan blandas. Ponerme colirio y comer dulces para callar el efecto antes de fingir ser decente. Elegí caminar confiando en que mis piernas temblorosas me sostendrían. Elegí curarme y elegí vivir. He elegido la casa en la que vivo, la cama en la que duermo, la ropa con la que me cubro, el maquillaje con el que me adorno y la persona que me arropa en sus brazos. Las personas. He elegido proteger a mis hermanas, honrar a mis padres y no callar jamás.
He elegido el ruido, la calma, las luces encendidas. He elegido encontrarme.
Aún hoy, no tengo más que pensar en tu mirada la última vez que cruzamos palabra para sentir cómo se rompe algo. Crac. Nos hicimos mucho más daño del que podíamos tolerar. Y por supuesto que te culpo, cómo no iba a hacerlo si aceptar mi parte es más difícil que aceptar la tuya. Y por supuesto que todas las velas que enciendo me recuerdan a tus ojos. Desde que nos separamos, me he visto reflejada en más miradas de las que puedo recordar; ninguna de ellas me ha visto como lo hacías tú.
A pesar del lacerante sufrimiento, del autoengaño, de las maldiciones; a pesar de que la idea de enfrentarte hace que mi piel se erice y mi cuerpo se cierre; a pesar de la locura que se cierne sobre mí cada vez que estoy demasiado vulnerable para soportar tu recuerdo y ausencia. A pesar de todo esto, no amaré jamás a nadie como a ti.
No puedo.
Y no quiero.
¿Cómo iba a poder hacerlo? Es impensable. Recuerdo muy bien todo lo que eras, éramos. Podría enumerarlo durante vidas enteras y me quedaría corta. Me esfuerzo en recordar continuamente que eres la persona que más feliz me ha hecho, para no sucumbir a la locura de todo lo que nos hicimos. Ansío hablarte y decirte que está todo en el pasado; que seas feliz, no te cierres y dejes las heridas y el miedo en el pozo al que pertenecen.
Me gustaría hablarte de mis proyectos, oportunidades y pasiones. De la persona tan pura (hasta tú te dejarías acariciar por su luz) que por algún motivo ha decidido mirarme a mí antes que a otras. De la persona miserable que casi casi me rompe la psique la madrugada de un jueves. De la criatura más bella que he contemplado, apenas un esbozo, de grandes y curiosos ojos, que me devuelve la cordura con sólo engancharse a mis rizos. Me gustaría que me hablaras de ti, de quien te hace sonreír, quien te hace enfadar, qué sueños tienes ahora. Si has leído a Dara, si sabes que Grecia es nosotras.
Si te imaginas que cada vez que escribo o leo sobre ti, me duelen los brazos.
De todos los abrazos que no nos hemos dado, supongo.
Todo este tono triste y conciliador se lleva perfectamente bien con la rabia por tu desdén. Pero qué cierto es que te sigo echando de menos.
Voló hacia mí esa noche, para dejarme llorar de puro pánico, acariciarme el cabello y apretarme hasta que dormí. No creo poder olvidar el crudo miedo, el frío paralizándome las lágrimas, las bolsas pegadas al pecho, y la sensación de mis piernas temblando por el esfuerzo. Remy me embrujó esa noche para que durmiera mucho más rápido de lo normal, me acunó, me abrazó cuando el mínimo ruido me hacía saltar. Calmó mis gritos con sus manos.
Desde entonces no había aparecido. De alguna manera sabía que necesitaba su ausencia. Y ahora está aquí, tan bella que da rabia. El cabello por fin le ha crecido y revolotea en sus hombros, con un corte descuidado. Lleva mi vestido nuevo y le sienta estupendamente. Maquillaje y sonrisa. Sonrisa.
-¿Me has echado de menos?
-Te he echado de menos.
Su sonrisa se tambalea mínimamente, pero resurge. Me hace feliz verla tan serena, tan calmada. Lleva años llamando a las puertas de nuestra locura, he tenido que encerrarla, casi la mato. Nada me asegura que no vuelva a arrastrarme a su ciénaga, pero está aquí, sonriente e impecable. Se sienta frente a mí, en la cama, exactamente en el mismo sitio en el que A suele fumar mientras me mira. Y la muy zorra lo sabe. Cierra los ojos con un gemido de satisfacción; aún nota la energía, el olor, la ternura.
-Cuéntamelo -pide con los ojos aún cerrados, sus manos recorriendo suavemente la colcha.
Y me inunda un vértigo. Un vértigo bueno.
-Hace que recuerde que soy algo más que cicatrices.
Abre los ojos, y apenas me sorprende verlos colmados de lágrimas. Siente lo mismo que yo, la misma paz y el mismo miedo visceral, en las tripas, donde más duele. Se acerca a mí para apoyar su bello rostro en mi hombro y comprendo que el pánico le hace sufrir más que el dolor. Solloza.
-No quiero que nos hagan daño -murmura, en algo que parece más una plegaria que una afirmación. La aprieto fuerte contra mi cuerpo, temblando tanto como ella. No puedo prometerle nada y lo sabe. Apenas puedo resistirme.
-Esta vez me toca a mí, Remy. Voy a cuidar de nosotras.
Solloza como un cachorro herido, buscando el calor que ahora sí (ahora por fin) tengo en el pecho. Poco a poco, paulatinamente, se calma. Se mueve para recostarse en mí, suspira, esconde sus ojos umbríos. Por fin, me mira. Su impoluto maquillaje se ha corrido y de repente es la misma Remy que hace tanto vino para quedarse. Intenta esbozar una sonrisa y abre los labios.
-No debemos tener miedo, ¿verdad? Y no podemos cerrarnos, no después de tanto. Estamos vivas, sé que nos lo merecemos pero me asusta, me asusta.
¿Qué puedo decirle, si son mis mismas dudas? ¿Qué decirle, si hay momentos en que lucho para no rendirme? ¿Qué decirle, si a pesar de los abrazos aún tengo frío? ¿Qué decirle, si tiemblo cuando A me traspasa con todo su cuerpo sin tocarme? Que a veces es placer, a veces es terror. No puedo desmentir sus palabras ni engañarla. No estamos preparadas para esto, ni para aquello, ni para nada.
"The colour of your lips is red, and I swear I never wear lipstick".
Tiene una mirada fija, abierta. Los ojos del color del caramelo quemado, increíblemente oscuros, con pestañas espesísimas que ya me gustaría tener. Los labios carnosos, de sonrisa fácil.
Me ha apretado contra su cuerpo, supongo que para que no tiemble. Me intimida. Ya he aprendido que es capaz de leerme como un libro abierto. Toda esta tristeza es transparente para él, y al extender las manos hacia mí la acaricia suavemente.
La mirada que tiene ahora es de hacerme una pregunta.
-¿Por qué te escondes?
Ha lanzado una bola de acero contra mi pecho. Me esfuerzo por no encogerme, me aparto automáticamente y me retiene. No permitirá que me escape, quiere que me enfrente a lo que siento y a las verdades que lee en mí tan fácilmente.
-¿Qué quieres decir?
Esboza una leve sonrisa. Dice que ya lo sé. Oh, sí, lo sé. Está hablando de mis corazas, de mis pasiones, de cómo me escudo tras todas las cosas que amo para no enfrentarme a este obsceno vacío. Me asusta cómo me maneja. Balbuceo alguna estupidez, supuestamente ingeniosa. No le engaño. Me mira fijo a los ojos y quiero besarle para que los cierre.
-¿Sabes que titubeas antes de decir algo en lo que no crees?
No lo sabía. ¿Cómo coño lo sabe él? ¿Quién es? ¿De dónde ha salido?
No se irá de aquí sin una respuesta. Ni me dejará sola, por mucho que le aparte. Me sujetará cuando baje los escalones rocosos y me daré cuenta de cuanto lo necesitaba. Me permitirá llorar en su pecho y sentiré vergüenza y calidez y miedo. Sentiré pánico de su amistosa ternura.