¡Azules, los ojos de mi Lolita! Ay, Hum, qué puedo decirte yo. Que era una ofensa terrible, lo sé, que los ojos de tu Dolly eran grises y umbríos, profundos y mentirosos. ¿Crees que no lo sé? Amé a Lo tanto como la amaste tú, caí rendida ante sus venerados poros, y lloré contigo sin lágrimas cuando te diste cuenta de que aún la amabas. Es apenas el eco lejano de una nínfula. Y a pesar de eso... A pesar de eso, querido Hum, era imposible pensar en otra mujer, en otra musa, en cualquier otra fantasía. Quién quiere a la sosa Eva, pudiendo gozar de la lánguida e inestable Lilith, reina y diosa.
Sólo puedo decir que los ojos de mi Lolita son azules, aquel tono que tanto te indignó en su momento. Creo que si la conocieras, la amarías un poco.
Creo que si hay un amor que pueda compararse al vuestro, yo lo escribiré honrando tu memoria, tus errores, tus depravaciones y tu vergüenza.
¿Qué es el amor si no aquello inconfesable que nos llena de rubor?
Para mí, el amor es esto.