"Eres demasiado bonita para llorar" Y se levantó, huyendo incluso en su locura, fugaz, maravillosamente ninfúlica. En la otra realidad yo también huía, pero me levanté y fui en su busca.
La casa estaba patas arriba. Su padre no la había visitado aún, y en las brumas de su demencia limpiar no era una posibilidad.
Su voz murmuró algo en francés, justo detrás de mí. Pronuncié su nombre. Sonrió. Se acercó.
-Oh, Lily, gracias... gracias por venir.
Volvió a ser ella durante unos pocos minutos. Sus ojos jamás recuperarían el color, pero su beso era dulce y húmedo, y murmuraba palabras de añoranza y desesperación mientras me acariciaba. Brillantes perlas surcaban su piel cenicienta; sus dedos de viento recorrían mi espalda. "Mi lirio, mi lirio".
-Te reto a amarme -y se echó a reír ante mi propuesta. Sacó un rotulador del bolsillo del sucio pantalón que llevaba y dibujó una espiral en mi garganta, besándola. Sus labios sabían a cemento, a miel, a Isabelle. Los sollozos se acentuaron, parecían escapar de su cuerpo a trompicones. "No me abandones, Lily, no..." Y yo prometía ocmo una ladrona no hacerlo. Por aquel entonces aún creía ser capaz de conseguirlo. Pero reparé en sus muslos desnudos, los profundos cortes que se había hecho y lloré con ella, porque Isabelle había vuelto pero ya no era mía. Su bruma, su magnetismo, todo me atraía pero no me retenía. Besé sus cicatrices sabiendo que no volvería a verla. Y ella llenó mis hombros de cálidas lágrimas y lastimoso ahogamiento, hasta que se echó a reír y dejó de verme, y volvió a hablar en francés, me apartó con violencia y se acercó a una ventana como quien camina hacia el patíbulo.
-Tráeme un lirio negro, Liliana, y me casaré contigo.
Huí de su casa para siempre. Lloré entre los brazos de su fantasma durante días. Y en otoño planté lirios por toda mi casa.
¡Isabelle! Mi diosa, mi concubina, mi mejor amiga... Añoré el olor de su piel, añoré las horas enterrada entre sus vaporosas piernas, y sus vestidos de satén, y sus labios salados, y sus espirales, y el tacto de sus pechos perfumados, y su voz cantando en francés hasta dormirme, recitándome poesía decadentista, como toda ella.
"Aléjate de los inestables" "Este momento es perfecto porque estás aquí y eres mía" "Palpito para ti, Lily, sangro para ti"
Nunca volvería, nunca sería mía, blanda e insuperable.
Pero volvió.
24 de octubre de 2011
18 de octubre de 2011
Historia alternativa
Voy escribiendo poco a poco nuestra historia alternativa. Los personajes son diferentes. Los nombres son diferentes. "Erin" es el nombre principal, y estoy segura de que si lo piensas un poco enseguida descubrirás por qué. Nadie más tiene nombre. No se describe ningún físico, excepto cierto sutil fetichismo por los ojos luminosos. Hay mucha amoralidad en mi relato. Mucha traición. También hay mucho deseo. Poca lencería (una licencia de la autora). Escribo sobre todos los personajes. Algunos aún no tienen sexo, elegir ser hombre o mujer es difícil. Algunos son tranquilos. Hay una mujer posesiva, paranoica y atractiva. Hay otra que no tiene una pizca de ética. Hay un hombre siempre resignado que no se atreve a pedir lo que merece. Hay otro hombre del que jamás se conoce sentimiento o pensamiento alguno. Pero la simetría es aburrida y estoy pensando en añadir a alguno de esos personajes que aún no tienen sexo, tal vez un neurótico hombrecillo, absolutamente adorable. O una lánguida náyade.
No hay casi sexo, como en el cine de Tarantino. Violencia sí, por supuesto. Sobre todo emocional. La magia ninfúlica danza alegremente sobre las tinieblas, intentando iluminar como una musa. Pero no se me ocurre nada. Nada de nada. Digamos que no estoy lo bastante colocada de realidad... todavía es todo tan nítido que no se puede retratar. Qué bien te entiendo, Watanabe...
A veces el perdón es innecesario. Criada en el seno de la psicología, sé muy bien que no siempre es bueno hablarlo todo. Que de vez en cuando es necesario hacer un acto de fe; confiar ciegamente, y saltar juntos. Decir "sé que hemos tenido fallos en el pasado pero eso queda atrás. Mirémonos a los ojos y decidamos hacer algo diferente. Empecemos de nuevo."
Esa es la parte de nuestra historia alternativa que intento plasmar.
No hay casi sexo, como en el cine de Tarantino. Violencia sí, por supuesto. Sobre todo emocional. La magia ninfúlica danza alegremente sobre las tinieblas, intentando iluminar como una musa. Pero no se me ocurre nada. Nada de nada. Digamos que no estoy lo bastante colocada de realidad... todavía es todo tan nítido que no se puede retratar. Qué bien te entiendo, Watanabe...
A veces el perdón es innecesario. Criada en el seno de la psicología, sé muy bien que no siempre es bueno hablarlo todo. Que de vez en cuando es necesario hacer un acto de fe; confiar ciegamente, y saltar juntos. Decir "sé que hemos tenido fallos en el pasado pero eso queda atrás. Mirémonos a los ojos y decidamos hacer algo diferente. Empecemos de nuevo."
Esa es la parte de nuestra historia alternativa que intento plasmar.
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13 de septiembre de 2011
Esperanza post-vacacional
Inspira hondo. Hace mucho calor, ese calor marítimo, pegajoso, húmedo y vomitivo. Siéntelo. Saboréalo. Aprende a aceptarlo (no vas a poder librarte de él).
Oh, y el olor... esa mezcla de café, cerveza y drogas blandas... Los cuerpos caminando sin prisa, pronunciando palabras tan académicas como beca, servicio informático, cambio de grupo, secretaria de la facultad X, etc. Ah, la Universidad... El césped brillante, las cafeterías a rebosar, las clases claustrofóbicas, los profesores indignados, frustrados, los aularios repartidos en cada punta del campus, las extrañas palmeras, el jardín exótico que los de medioambiental hicieron en los 90. La historia que todo sitio mínimamente académico conlleva. ¿Cómo no va a hacerlo, con tantas almas pululando por ahí? Y los sueños. Y las esperanzas. Y los proyectos, siempre numerosos, siempre quedándose en menos.
¿Vienes a Madrid este fin de semana? Esta tarde hay que comprar un regalo. La semana que viene nos quedamos a comer. El plazo se ha pasado, pero inténtalo de todas formas. ¿Dónde está la maldita clase? Han cambiado de sitio la secretaría. ¡Cuánto tiempo hace que no nos veíamos! ¿Cómo te fue en Londres? Nos vamos a Benidorm el sábado, vente. No pienso entrar a clase, vamos a tomar algo. Decídete: ¿Canadá, Estados Unidos, Salamanca o Brasil? Si haces todos los trabajos, no te presentas al examen. Qué mierda, por sólo dos créditos...
Nada de depresión post-vacacional. ¿Por qué ibas a sufrir algo así? El mundo es enorme, y el viaje más largo empieza con un solo paso.
Bienvenido, compañero, al primer día del resto de tu vida.
Oh, y el olor... esa mezcla de café, cerveza y drogas blandas... Los cuerpos caminando sin prisa, pronunciando palabras tan académicas como beca, servicio informático, cambio de grupo, secretaria de la facultad X, etc. Ah, la Universidad... El césped brillante, las cafeterías a rebosar, las clases claustrofóbicas, los profesores indignados, frustrados, los aularios repartidos en cada punta del campus, las extrañas palmeras, el jardín exótico que los de medioambiental hicieron en los 90. La historia que todo sitio mínimamente académico conlleva. ¿Cómo no va a hacerlo, con tantas almas pululando por ahí? Y los sueños. Y las esperanzas. Y los proyectos, siempre numerosos, siempre quedándose en menos.
¿Vienes a Madrid este fin de semana? Esta tarde hay que comprar un regalo. La semana que viene nos quedamos a comer. El plazo se ha pasado, pero inténtalo de todas formas. ¿Dónde está la maldita clase? Han cambiado de sitio la secretaría. ¡Cuánto tiempo hace que no nos veíamos! ¿Cómo te fue en Londres? Nos vamos a Benidorm el sábado, vente. No pienso entrar a clase, vamos a tomar algo. Decídete: ¿Canadá, Estados Unidos, Salamanca o Brasil? Si haces todos los trabajos, no te presentas al examen. Qué mierda, por sólo dos créditos...
Nada de depresión post-vacacional. ¿Por qué ibas a sufrir algo así? El mundo es enorme, y el viaje más largo empieza con un solo paso.
Bienvenido, compañero, al primer día del resto de tu vida.
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Próximamente...
1 de agosto de 2011
Jugar mal a las cartas blancas
Los nervios te corroen. Ni siquiera intentas ya disimularlo, ¿para qué? El local está aún tranquilo, llenándose gradualmente. Aún no es la hora y tú no puedes dejar de moverte.
Cada pocos minutos alguien intenta distraerte y por pura educación le sigues el juego pero tus retinas vigilan la puerta y tu interlocutor se retira, decepcionado. Vas al lavabo, revisas tu aspecto. ¿Está todo a su gusto? Has procurado cuidar los detalles. El arte de la Sugestión es algo que ella te enseñó, y aunque no conseguirás nunca su innata habilidad, has aprendido algunos trucos. Los nervios te carcomen. Te acercas a la barra y pides ron, sintiéndote como un pirata. Te asalta la idea de escaparte a la playa, pero no puedes dejar de mirar la puerta, al otro lado de donde tú estás.
Como una aparición, la ves. Acaba de entrar sola. Tiene cara de concentración y recorre el local en una sola mirada. Te ha visto. Sonríe y empieza a avanzar. Te gustaría concederle un apodo, pero ya la han llamado diosa y ángel antes de que tú pudieras decirle nada. Está preciosa. Se ha puesto sus sonrisa más dulce y la poca luz le queda bien. Y sólo ha pasado una semana... Han sido días muy largos. En el fondo, ya sabes que la has perdido y su belleza brilla porque ya no es tuya. Casi puedes ver en su cuello el rastro de otros labios; no sabes si debes sentir furia o dolor. Te decides a no dejar que te encandile con sus palabras. Ahora la odias. La odias porque la quieres, porque te pone a prueba, es perversa, porque lleva pantalones cortos y sólo te sonríe a ti. Llega hasta ti. Te abraza. Susurra un "te quiero". Añade cuatro palabras que te dejan sin habla. Recuerdas lo que ella te dijo, muchos eones atrás: "Si realmente quieres algo, déjalo marchar. Si vuelve, es completamente tuyo".
Ha vuelto a ti. Y sí, es traicionera y maldita, y engaña y te pone a prueba, pero también es suave y cariñosa. Y te quiere. Y realmente ha vuelto. Sus labios se cierran sobre los tuyos en un beso dulce,a zucarado, un beso culpable. Pero no te importa. Ya habrá tiempo para reproches, peleas y explicaciones. Eso será mañana.
Hoy, esta noche, ella te quiere, te pertenece. Es prometedoramente tuya y no lo vas a estropear preguntándole si la promesa que ofrece con su presencia es cierta o no.
Cada pocos minutos alguien intenta distraerte y por pura educación le sigues el juego pero tus retinas vigilan la puerta y tu interlocutor se retira, decepcionado. Vas al lavabo, revisas tu aspecto. ¿Está todo a su gusto? Has procurado cuidar los detalles. El arte de la Sugestión es algo que ella te enseñó, y aunque no conseguirás nunca su innata habilidad, has aprendido algunos trucos. Los nervios te carcomen. Te acercas a la barra y pides ron, sintiéndote como un pirata. Te asalta la idea de escaparte a la playa, pero no puedes dejar de mirar la puerta, al otro lado de donde tú estás.
Como una aparición, la ves. Acaba de entrar sola. Tiene cara de concentración y recorre el local en una sola mirada. Te ha visto. Sonríe y empieza a avanzar. Te gustaría concederle un apodo, pero ya la han llamado diosa y ángel antes de que tú pudieras decirle nada. Está preciosa. Se ha puesto sus sonrisa más dulce y la poca luz le queda bien. Y sólo ha pasado una semana... Han sido días muy largos. En el fondo, ya sabes que la has perdido y su belleza brilla porque ya no es tuya. Casi puedes ver en su cuello el rastro de otros labios; no sabes si debes sentir furia o dolor. Te decides a no dejar que te encandile con sus palabras. Ahora la odias. La odias porque la quieres, porque te pone a prueba, es perversa, porque lleva pantalones cortos y sólo te sonríe a ti. Llega hasta ti. Te abraza. Susurra un "te quiero". Añade cuatro palabras que te dejan sin habla. Recuerdas lo que ella te dijo, muchos eones atrás: "Si realmente quieres algo, déjalo marchar. Si vuelve, es completamente tuyo".
Ha vuelto a ti. Y sí, es traicionera y maldita, y engaña y te pone a prueba, pero también es suave y cariñosa. Y te quiere. Y realmente ha vuelto. Sus labios se cierran sobre los tuyos en un beso dulce,a zucarado, un beso culpable. Pero no te importa. Ya habrá tiempo para reproches, peleas y explicaciones. Eso será mañana.
Hoy, esta noche, ella te quiere, te pertenece. Es prometedoramente tuya y no lo vas a estropear preguntándole si la promesa que ofrece con su presencia es cierta o no.
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11 de mayo de 2011
Una versión muy extraña
Percibió su presencia antes de verla. A pesar del ruido y de la multitud, sintió claramente cómo sus ojos le abrasaban la nuca, de una forma tan intensa que apuró la cerveza. Pidió otra y mientras esperaba, la calidez de un cuerpo junto al suyo delató su presencia. Aspiró hondo; craso error, pues el oxígeno venía contaminado con su olor.
-Te he estado buscando.
Y la voz. A punto estuvo de echarse a llorar sólo por escuchar su voz, por primera vez en muchos meses. No la miró, sabiendo que observar su rostro no haría más que minar su seguridad.
-Creí que no querías volver a verme -susurró.
-Cambié de idea. No disimules, sé que has estado escondiéndote.
-¿De ti?
-Entre otras cosas.
Le dejaron la nueva cerveza y se llevaron el botellín vacío. ¿Cuántos llevaba ya? Iba a beber un poco del dorado líquido pero ella se le adelantó, cogiendo la botella y echando un trago largo.
No tuvo más remedio que mirarla.
Le había crecido mucho el pelo, una melena larguísima y oscura, de rizos fuertes y sueltos que envolvían su rostro sin ocultarlo, al contrario de lo que ella misma solía hacer. Sus labios enroscados en torno a la boca de la botella se le antojaron insoportablemente sensuales y lejanos; se clavó las uñas en la palma de la mano. Se preparaba mentalmente para el último golpe, el más grande, cuando la otra dejó la botella en la mesa y enfrentó tranquilamente su mirada. Sus ojos felinos, cambiantes, coloreados, de un color miel casi transparente, estaban serenos.
-Parece que hayas visto un fantasma.
-Ana... ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres.
Arrugó la nariz de forma encantadora; fruncía los labios con ese gesto. No era necesario que respondiera, las dos lo sabían bien.
Tembló aterrada. No estaba bien. No podría resistirse. Entonces Ana la rozó, paseando sus dedos peregrinos por su brazo desnudo, deleitándose mientras se le erizaba la piel. Cerró los ojos. No necesitaba verla para saber que una sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus rasgos. De repente sintió su fresco aliento en el oído.
-Quiero ser el fruto prohibido que te tienta.
Se levantó como un relámpago. Suplicó.
-Ya basta. Vete.
Pero Ana siguió sentada sin perder la calma, con el ceño fruncido. Bebió un poco isn apartar su mirada líquida de ella; se iba solidificando en torno a su cuerpo.
-Me he dado cuenta de que eres muy egoísta -empezó-. Ya sabemos por qué te fuiste, y lo acepté aunque reconozco que mi reacción no fue nada madura -sonrió levemente, como si se viera obligada a hacerlo. El recuerdo de los gritos no debía gustarle-. Lo que me parece fatal es que ni siquiera preguntaras mi opinión.
-Conmigo no vas a llegar a nada -intentó prevenirla, desesperada.
Ana puso los ojos en blanco, impaciente, desestimando su débil protesta. Se levantó.
-Sé cosas de ti. Sé cómo has vivido últimamente. Mírate, no eres más que tu propia sombra. ¿De verdad quieres hacerme creer que estás mejor sin mí?
Bajó la cabeza, avergonzada. Era incapaz de resistir la intensidad de su deslumbrancia. Notaba su presencia, su cuerpo acercándose. El roce de su aliento en su mejilla. Movió la cabeza para alejarse de esa leve ráfaga.
-No voy a suplicarte -murmuró Ana.
Levantó la cabeza, resuelta a echarla de una vez y para siempre pero sus ojos eran tan grandes y seguros, sus labios estaban tan cerca que se le fue toda la fuerza. Sintió el escozor de las lágrimas.
-No puedo darte nada.
-Lo sé.
-Ni siquiera puedo hacer promesas. Y si lo hago, serán mentiras.
-Lo sé.
-Y si... si vuelves a tocarme... Si me tocas...
Ana la abrazó, sin ninguna consideración a sus palabras. Su calidez fue abrasadora y su olor asfixiante. Las lágrimas fluían rápidamente, como una presa reventada. Ella se removía, inquieta, sintiéndose peor y mejor que nunca, sollozando, suplicando que la soltara. Pero su amante -su amiga, su compañera- no le hizo el menor caso y estrechó su abrazo, calmándola como un cervatillo asustado hasta que la aterrorizada jovencita se rindió y aceptó sus brazos como un consuelo, no como una cárcel. Aunque no podía verle la cara, sabía que sonreía aliviada, con sus ojos recuperando solidez para atraparlas a ambas.
-Te he estado buscando.
Y la voz. A punto estuvo de echarse a llorar sólo por escuchar su voz, por primera vez en muchos meses. No la miró, sabiendo que observar su rostro no haría más que minar su seguridad.
-Creí que no querías volver a verme -susurró.
-Cambié de idea. No disimules, sé que has estado escondiéndote.
-¿De ti?
-Entre otras cosas.
Le dejaron la nueva cerveza y se llevaron el botellín vacío. ¿Cuántos llevaba ya? Iba a beber un poco del dorado líquido pero ella se le adelantó, cogiendo la botella y echando un trago largo.
No tuvo más remedio que mirarla.
Le había crecido mucho el pelo, una melena larguísima y oscura, de rizos fuertes y sueltos que envolvían su rostro sin ocultarlo, al contrario de lo que ella misma solía hacer. Sus labios enroscados en torno a la boca de la botella se le antojaron insoportablemente sensuales y lejanos; se clavó las uñas en la palma de la mano. Se preparaba mentalmente para el último golpe, el más grande, cuando la otra dejó la botella en la mesa y enfrentó tranquilamente su mirada. Sus ojos felinos, cambiantes, coloreados, de un color miel casi transparente, estaban serenos.
-Parece que hayas visto un fantasma.
-Ana... ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres.
Arrugó la nariz de forma encantadora; fruncía los labios con ese gesto. No era necesario que respondiera, las dos lo sabían bien.
Tembló aterrada. No estaba bien. No podría resistirse. Entonces Ana la rozó, paseando sus dedos peregrinos por su brazo desnudo, deleitándose mientras se le erizaba la piel. Cerró los ojos. No necesitaba verla para saber que una sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus rasgos. De repente sintió su fresco aliento en el oído.
-Quiero ser el fruto prohibido que te tienta.
Se levantó como un relámpago. Suplicó.
-Ya basta. Vete.
Pero Ana siguió sentada sin perder la calma, con el ceño fruncido. Bebió un poco isn apartar su mirada líquida de ella; se iba solidificando en torno a su cuerpo.
-Me he dado cuenta de que eres muy egoísta -empezó-. Ya sabemos por qué te fuiste, y lo acepté aunque reconozco que mi reacción no fue nada madura -sonrió levemente, como si se viera obligada a hacerlo. El recuerdo de los gritos no debía gustarle-. Lo que me parece fatal es que ni siquiera preguntaras mi opinión.
-Conmigo no vas a llegar a nada -intentó prevenirla, desesperada.
Ana puso los ojos en blanco, impaciente, desestimando su débil protesta. Se levantó.
-Sé cosas de ti. Sé cómo has vivido últimamente. Mírate, no eres más que tu propia sombra. ¿De verdad quieres hacerme creer que estás mejor sin mí?
Bajó la cabeza, avergonzada. Era incapaz de resistir la intensidad de su deslumbrancia. Notaba su presencia, su cuerpo acercándose. El roce de su aliento en su mejilla. Movió la cabeza para alejarse de esa leve ráfaga.
-No voy a suplicarte -murmuró Ana.
Levantó la cabeza, resuelta a echarla de una vez y para siempre pero sus ojos eran tan grandes y seguros, sus labios estaban tan cerca que se le fue toda la fuerza. Sintió el escozor de las lágrimas.
-No puedo darte nada.
-Lo sé.
-Ni siquiera puedo hacer promesas. Y si lo hago, serán mentiras.
-Lo sé.
-Y si... si vuelves a tocarme... Si me tocas...
Ana la abrazó, sin ninguna consideración a sus palabras. Su calidez fue abrasadora y su olor asfixiante. Las lágrimas fluían rápidamente, como una presa reventada. Ella se removía, inquieta, sintiéndose peor y mejor que nunca, sollozando, suplicando que la soltara. Pero su amante -su amiga, su compañera- no le hizo el menor caso y estrechó su abrazo, calmándola como un cervatillo asustado hasta que la aterrorizada jovencita se rindió y aceptó sus brazos como un consuelo, no como una cárcel. Aunque no podía verle la cara, sabía que sonreía aliviada, con sus ojos recuperando solidez para atraparlas a ambas.
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25 de marzo de 2011
¿Quién es esa mujer?
La mujer que tú ves es bella y vibrante. Su voz es dulce y tiene un sonsonete delicioso, que varía según las palabras que pronuncie o según el ánimo de ella. Con sólo escuchar su voz te excitas, y a veces se te derrite el corazón cuando susurra tímidamente sus sentimientos. Su aliento en tu cuello es una promesa y su lengua en tu boca una serpiente maravillosa. Tiene manos de niña, femeninas, que te encanta besar. Adoras su piel, tan suave, te pasarías la vida recorriéndola una y otra vez. Su cuerpo te abrió un mundo tiempo atrás, y te gustaría poder quedártelo, atarlo a tu cama y no permitir que se marchara. Es ingeniosa, seductora. Tiene una sonrisa en particular, una levemente lujuriosa, que te obliga a besarla hasta consumirte. Sabe poner una carita adorable a la hora de la despedida que te hace preguntarte si el secuestro es tan malo como dicen. Te sorprende. Es atrevida. A veces te asusta su versión más cruel pero sabes que contigo bromea y se ríe, que contigo es dulce, dulce, dulce. Es capaz de recitar de carrerilla tus canciones favoritas y se sabe diálogos de buenas películas. Se niega en redondo a jugar con videojuegos y al notar tu desilusión ofrece con expresión pícara compensarte. Y luego está su mirada. Sus ojos grandes y oscuros, que siempre te observan. Dice que le gusta mirarte. Te piropea de una forma que te hace sentir incómodo y orgulloso. Su mirada es fija e intensa, como si te estuviera comiendo, literalmente, con los ojos. Esa es la mujer que tú ves, o tal vez la que yo veo reflejada en tus ojos de felino.
Pero la que yo veo en el espejo es diferente. Tiene ojeras. Sus labios son pálidos, debe pintarlos para inferirles un poco de vida. Su cuerpo es tremendamente imperfecto aunque ella no le da importancia y se centra en sus virtudes, realzándolas, explotándolas, jugando con el encanto que sabe que posee. Es maliciosa. Es perversa. Y pervertida. Es melancólica y algo perezosa. Está enorgullecida de su cabello, que cuida con esmero. Es débil. Le gusta el Arte y a veces se atreve a pensar que es artista. Tiene una fe ciega en el Amor. Es cobardemente cínica.
Dime, entre estas dos mujeres ¿cuál es la verdadera? No me veo en ninguna de las dos. Oh, claro, hay reflejos de mí en ambas pero ninguna me describe del todo. Ayúdame a desenvolver el misterio, a aclarar, de una puta vez por todas, quién es esa mujer que habita en mi cuerpo y responde ante mi nombre.
Pero la que yo veo en el espejo es diferente. Tiene ojeras. Sus labios son pálidos, debe pintarlos para inferirles un poco de vida. Su cuerpo es tremendamente imperfecto aunque ella no le da importancia y se centra en sus virtudes, realzándolas, explotándolas, jugando con el encanto que sabe que posee. Es maliciosa. Es perversa. Y pervertida. Es melancólica y algo perezosa. Está enorgullecida de su cabello, que cuida con esmero. Es débil. Le gusta el Arte y a veces se atreve a pensar que es artista. Tiene una fe ciega en el Amor. Es cobardemente cínica.
Dime, entre estas dos mujeres ¿cuál es la verdadera? No me veo en ninguna de las dos. Oh, claro, hay reflejos de mí en ambas pero ninguna me describe del todo. Ayúdame a desenvolver el misterio, a aclarar, de una puta vez por todas, quién es esa mujer que habita en mi cuerpo y responde ante mi nombre.
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15 de marzo de 2011
Incompatibilidades
Hay veces que lo entiendo perfectamente, que comparto tu decisión y sé, sin ninguna duda, que los efectos a largo plazo serán buenos tanto para ti como para mí. No sé nada de ti y lo cierto es que no estoy segura de querer saberlo pero confío en que sepas cuidarte emocionalmente, algo que perdóname la grosería, no creo que sepas hacer. Confío también en tu tardío instinto de supervivencia, del que sí me fío. Pero lo que estoy segura de que no podrás llevar a cabo es encontrar una buena compañía. No sabrás hacerlo. Cierto que no sé tanto de tu vida como para criticar tus elecciones pasadas pero no tengo más que centrarme en tu verano. Dime, ¿fue adecuado? ¿Hiciste la elección correcta al aislarte? Oh, y tal vez estuvieras rodeada de miles de personas pero nadie traspasaba tu piel. Ábrete al mundo, Nymph, no temas al dolor ni a la pasión. Te llegarán mil oportunidades y no debes desaprovechar ni una.
Sin embargo, otros días no consigo compartir tu elección. Se me antoja cobarde. Adecuada hasta cierto punto pero insoportablemente cobarde. Sí, yo cometí mis fallos pero sabía que esto podía pasar. Pero... me dejé guiar por tus palabras, la forma de afirmar que no te irías, cuando a la hora de la verdad, y antes siquiera de averiguar nada, te batiste en retirada, algo precipitada. Si querías marcharte, debiste hacerlo antes de prometer lo contrario. ¿Qué te asustaba tanto, pequeña? ¿Temías quererme con sólo mirarme? ¿Temías odiarme? ¿Temías que no respetara tus decisiones? ¿Temías que el deseo te desbordara? ¿Temías que consiguiera derribar tus barreras y, sólo por unas horas, te entregaras? Para luego arrepentirte, por supuesto... Para luego levantar más murallas y electrificarlas pero no dudes que habría podido destruirlo todo para llegar a ti. Yo también tenía miedo. Me asustaste con tu dureza y tu forma de menospreciar nuestro vínculo. Tal vez tú afirmarías que yo hice lo mismo pero bueno... nuestros puntos de vista son bastante incompatibles, desde aquel primer momento compartido ¿recuerdas? Cada una su versión...
Algunas cosas tienen su momento. El nuestro pasó hace más de un año. Por aquel entonces escribí que jamás podríamos volver a estar bien pero quise creer lo contrario. Ahora lo veo. Aquel era el momento adecuado para mí, estaba preparada, estaba entregada, estaba dispuesta a todo y muy decidida. Tú no podías tener el mismo nivel de compromiso. Y hace poco, cuando tú estabas preparada para mí, cuando conseguí de alguna extraña forma meterme en tus sueños y tus ventrículos, yo no lo estaba para ti. No podía adquirir el compromiso que merecías, ni siquiera sé si muy en el fondo quería. Tú que todo esto de los momentos lo controlas muy bien, ¿estás de acuerdo? ¿Crees que nuestro momento llegó, pasó y se perdió?
Ahora sólo te diré, como una gata regalona de buena familia, de gesto petulante y mirada sabia...: olvídame, olvídame, olvídame, olvídame, olvídame.
Sin embargo, otros días no consigo compartir tu elección. Se me antoja cobarde. Adecuada hasta cierto punto pero insoportablemente cobarde. Sí, yo cometí mis fallos pero sabía que esto podía pasar. Pero... me dejé guiar por tus palabras, la forma de afirmar que no te irías, cuando a la hora de la verdad, y antes siquiera de averiguar nada, te batiste en retirada, algo precipitada. Si querías marcharte, debiste hacerlo antes de prometer lo contrario. ¿Qué te asustaba tanto, pequeña? ¿Temías quererme con sólo mirarme? ¿Temías odiarme? ¿Temías que no respetara tus decisiones? ¿Temías que el deseo te desbordara? ¿Temías que consiguiera derribar tus barreras y, sólo por unas horas, te entregaras? Para luego arrepentirte, por supuesto... Para luego levantar más murallas y electrificarlas pero no dudes que habría podido destruirlo todo para llegar a ti. Yo también tenía miedo. Me asustaste con tu dureza y tu forma de menospreciar nuestro vínculo. Tal vez tú afirmarías que yo hice lo mismo pero bueno... nuestros puntos de vista son bastante incompatibles, desde aquel primer momento compartido ¿recuerdas? Cada una su versión...
Algunas cosas tienen su momento. El nuestro pasó hace más de un año. Por aquel entonces escribí que jamás podríamos volver a estar bien pero quise creer lo contrario. Ahora lo veo. Aquel era el momento adecuado para mí, estaba preparada, estaba entregada, estaba dispuesta a todo y muy decidida. Tú no podías tener el mismo nivel de compromiso. Y hace poco, cuando tú estabas preparada para mí, cuando conseguí de alguna extraña forma meterme en tus sueños y tus ventrículos, yo no lo estaba para ti. No podía adquirir el compromiso que merecías, ni siquiera sé si muy en el fondo quería. Tú que todo esto de los momentos lo controlas muy bien, ¿estás de acuerdo? ¿Crees que nuestro momento llegó, pasó y se perdió?
Ahora sólo te diré, como una gata regalona de buena familia, de gesto petulante y mirada sabia...: olvídame, olvídame, olvídame, olvídame, olvídame.
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Mis fantasmas
24 de febrero de 2011
Errar, errar, errar
¿Es errante el que erra? ¿O es acaso herrero? Tal vez un forrajero algo irresponsable que, inconsciente, va forjando día a día, hora a hora, errores. Uno detrás de otro. Sin pausa, sin prisa, ineludible. Si es así, debería recibir un título, porque soy tan lista que he aprendido a equivocarme. Matrícula de honor en la Universidad del Error, me dieron una beca para poder continuar mis estudios día a día sin tener que trabajar.
De vez en cuando mi tesis me lleva en direcciones imprevistas, raras, paradójicas y surrealistas. Y aunque el comité de los sueños siameses me manda pistas, a veces finjo no verlas, me quito las lentillas y me pongo gafas de vieja, avanzando a oscuras. Fingiendo avanzar a oscuras. Cuando debiera caminar con cuidado me pongo las botas de acero y salto sobre cristales rotos que, curiosamente, antes eran mis ventanas. Miraba a través de su superfície, espiando a los vecinos y los viandantes. A veces veía pasar por fuera de mi puerta a algún conocido pero en cuanto las miradas se encontraban, él se desvanecía. Y yo sonreía algo colocada.
A veces, los errores son imprevistos. ¿Son realmente errores? ¿O sólo fingen serlo? ¿Se esconden? ¿Y si no lo parecen? ¿Y si se disfrazan de realidad inevitable? Y luego vienen por detrás, agazapados, y te clavan sus preciosas uñas en forma de puñal en la espalda.
O a lo mejor es que tengo hambre y no razono bien.
De vez en cuando mi tesis me lleva en direcciones imprevistas, raras, paradójicas y surrealistas. Y aunque el comité de los sueños siameses me manda pistas, a veces finjo no verlas, me quito las lentillas y me pongo gafas de vieja, avanzando a oscuras. Fingiendo avanzar a oscuras. Cuando debiera caminar con cuidado me pongo las botas de acero y salto sobre cristales rotos que, curiosamente, antes eran mis ventanas. Miraba a través de su superfície, espiando a los vecinos y los viandantes. A veces veía pasar por fuera de mi puerta a algún conocido pero en cuanto las miradas se encontraban, él se desvanecía. Y yo sonreía algo colocada.
A veces, los errores son imprevistos. ¿Son realmente errores? ¿O sólo fingen serlo? ¿Se esconden? ¿Y si no lo parecen? ¿Y si se disfrazan de realidad inevitable? Y luego vienen por detrás, agazapados, y te clavan sus preciosas uñas en forma de puñal en la espalda.
O a lo mejor es que tengo hambre y no razono bien.
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Descubriendo Nunca Jamás,
Pseudofilosofía
7 de febrero de 2011
Confusas reflexiones oníricas
He descubierto que es posible tener miedo del miedo. Asustarse ante la posibilidad de que el pavor te paralice y no sepas qué hacer. O si hacer algo. O si echar a correr. Es muy posible. Pero ese miedo se puede vencer de forma relativamente sencilla. Basta con armarse de valor, sentarse tranquilamente frente al Miedo, que se pavoneará muy seguro de sí mismo y ofrecerle un café con droga. Se desvanecerá y jamás volverás a saber nada de él. Del Miedo al Miedo, me refiero. El Miedo por sí mismo aparecerá de vez en cuando, pero el otro entrará en coma y jamás despertará.
También he aprendido a desdibujar límites. No a difuminar las confusas líneas de un dibujo precipitado, no, eso no tiene interés para una bulímica sentimental como yo. Me refiero a ese momento de peligrosa demencia en que no eres capaz de distinguir sueños de realidad. Sí, claro, habrá alguno que estará preparado, que será premeditado, en que decidirás transformar un recuerdo en un sueño, o un sueño en un recuerdo. Todo tiene sus ventajas. Si es un recuerdo, puedes pedir explicaciones e incluso compensaciones. Si es un sueño, no hay reglas. Puedes transformar lo que quieras en algo eterno, dulce, imparable, bellísimo, moldeado a tu gusto. Por otra parte... todo tiene su parte mala. La cara oculta de la luna. La otra cara de la moneda.
No sé si me he enamorado por fin de la Diosa Selenita o la odio con todas mis fuerzas. Su influjo argénteo me confunde, me hace tener deseos inconfesables, me hace escribir cosas prohibidas. Me obliga a tener sueños tan deliciosos, tan exquisitos, que al despertar los transformo en recuerdos sólo para tener algo bueno a lo que acudir de vez en cuando.
Pero me dejo algo. Sí, claro, la literatura no puede abarcarlo todo, eso es imposible. Y lo que me dejo es la posibilidad, apenas contemplada en estas balbuceantes palabras, vomitadas desde la punta de los dedos por una jovencita con claros desórdenes anímicos... La posibilidad de que, además de sueños y de recuerdos y de miedos y de caos...
Todo esto no sea más que el recuerdo de un sueño.
También he aprendido a desdibujar límites. No a difuminar las confusas líneas de un dibujo precipitado, no, eso no tiene interés para una bulímica sentimental como yo. Me refiero a ese momento de peligrosa demencia en que no eres capaz de distinguir sueños de realidad. Sí, claro, habrá alguno que estará preparado, que será premeditado, en que decidirás transformar un recuerdo en un sueño, o un sueño en un recuerdo. Todo tiene sus ventajas. Si es un recuerdo, puedes pedir explicaciones e incluso compensaciones. Si es un sueño, no hay reglas. Puedes transformar lo que quieras en algo eterno, dulce, imparable, bellísimo, moldeado a tu gusto. Por otra parte... todo tiene su parte mala. La cara oculta de la luna. La otra cara de la moneda.
No sé si me he enamorado por fin de la Diosa Selenita o la odio con todas mis fuerzas. Su influjo argénteo me confunde, me hace tener deseos inconfesables, me hace escribir cosas prohibidas. Me obliga a tener sueños tan deliciosos, tan exquisitos, que al despertar los transformo en recuerdos sólo para tener algo bueno a lo que acudir de vez en cuando.
Pero me dejo algo. Sí, claro, la literatura no puede abarcarlo todo, eso es imposible. Y lo que me dejo es la posibilidad, apenas contemplada en estas balbuceantes palabras, vomitadas desde la punta de los dedos por una jovencita con claros desórdenes anímicos... La posibilidad de que, además de sueños y de recuerdos y de miedos y de caos...
Todo esto no sea más que el recuerdo de un sueño.
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19 de enero de 2011
Remy y yo
Aparece de repente, en silencio, de forma que me parece que ha estado aquí desde siempre. Como siempre, luce su desgarrada belleza, el maquillaje corrido y la mirada fría. Es de día, cosa extraña entre nosotras, muy pronto. No hace ni ocho horas que ha empezado el día. Se sienta a mi lado en el sofá, me quita las manos de la cara y me da un beso en la frente.
-¿Qué has hecho, niña?
Gruesas lágrimas resbalan por mi cara, en silencio, y la miro sin ninguna expresión. Por primera vez desde que la conozco, veo compasión y empatía en su rostro. Me siento patética. ¿Tan penosa resulto que incluso Remy se compadece de mí?
-Tú lo has causado todo. Tú tienes la culpa. No me digas que te estás arrepentiendo ahora, justo ahora. No creo ni que puedas calcular las consecuencias, todo el dolor que has causado. Y todo por tu confusión. Ahora mismo, tus palabras no valen una mierda.
Entierro la cara entre las manos de nuevo. No sé si estoy llorando o no. No sé si aún me quedan sentimientos. Creo que en algún punto del camino ensarté mi corazón con todos mis errores. Levanto la mirada y le clavo los ojos directamente, sin retroceder.
-No tienes ni puta idea. No te atrevas a hablar si ni siquiera te dignas a escucharme. Tú, no. Eso no te lo voy a tolerar.
Ladea la cabeza, largos mechones oscuros caen sobre su rostro de porcelana.
-Pues entonces explícamelo.
Negué con la cabeza, me levanté, me planté frente a ella.
-Mis explicaciones ahora mismo no valen nada. Ni siquiera quiero escucharme a mí misma. Sólo quiero borrar mi conciencia y dormir, dormir, dormir sin sueños.
-Eso es muy cobarde.
-No se me da bien la valentía.
Ella también se levanta, algo indignada.
-No te encasilles en las etiquetas, ¿vale? Siempre te has dejado guiar por tu corazón, al menos desde que entendiste que de otra forma sólo acabas destrozándote. Al menos puedes decir que has sido fiel a ti misma.
-¿Y de qué me ha servido?
-¿Qué has hecho, niña?
Gruesas lágrimas resbalan por mi cara, en silencio, y la miro sin ninguna expresión. Por primera vez desde que la conozco, veo compasión y empatía en su rostro. Me siento patética. ¿Tan penosa resulto que incluso Remy se compadece de mí?
-Tú lo has causado todo. Tú tienes la culpa. No me digas que te estás arrepentiendo ahora, justo ahora. No creo ni que puedas calcular las consecuencias, todo el dolor que has causado. Y todo por tu confusión. Ahora mismo, tus palabras no valen una mierda.
Entierro la cara entre las manos de nuevo. No sé si estoy llorando o no. No sé si aún me quedan sentimientos. Creo que en algún punto del camino ensarté mi corazón con todos mis errores. Levanto la mirada y le clavo los ojos directamente, sin retroceder.
-No tienes ni puta idea. No te atrevas a hablar si ni siquiera te dignas a escucharme. Tú, no. Eso no te lo voy a tolerar.
Ladea la cabeza, largos mechones oscuros caen sobre su rostro de porcelana.
-Pues entonces explícamelo.
Negué con la cabeza, me levanté, me planté frente a ella.
-Mis explicaciones ahora mismo no valen nada. Ni siquiera quiero escucharme a mí misma. Sólo quiero borrar mi conciencia y dormir, dormir, dormir sin sueños.
-Eso es muy cobarde.
-No se me da bien la valentía.
Ella también se levanta, algo indignada.
-No te encasilles en las etiquetas, ¿vale? Siempre te has dejado guiar por tu corazón, al menos desde que entendiste que de otra forma sólo acabas destrozándote. Al menos puedes decir que has sido fiel a ti misma.
-¿Y de qué me ha servido?
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