23 de mayo de 2013

Los franceses lo llaman "petite morte"

Le gustaban más los vestidos que las faldas. En una de nuestras primeras conversaciones, me lo dijo con una sonrisa traviesa. Le dije que todo le quedaba bien. Ella ladeó la cabeza, dejando que dos mechones cobrizos le cubrieran el cuello.

-Seguro que tus piernas quedan muy bien en mi cintura.

Su susurro me sonrojó. No era la primera mujer que se me insinuaba, pero sí era la primera en provocar una tensión deliciosa en mi bajo vientre. Apreté los muslos, algo incómoda. Ella paladeó mi reacción sin perder la sonrisa.

-Dime, Liliana...

-Lily -la interrumpí al instante-. Prefiero que me llamen Lily.

-Yo prefiero llamarte Liliana. Es un nombre precioso -me desafió sin amilanarse. Acarició su cerveza con dedos sinuosos. Me provocaba de distintas formas, sabía que me alteraba.

-¿Por qué me besaste? -contraataqué.

Pero no la amilané. Sonrió incluso más.

-¿Es que quieres que vuelva a hacerlo? -se echó a reír ante mi expresión-. Creo que está claro. Te besé porque me gustas. ¿Por qué has tardado dos citas en preguntármelo?

-No hemos tenido ninguna cita.

-Eso no contesta a mi pregunta.

Me acabé la cerveza para evitar su mirada inquisidora. Era realmente bella. Tenía el cabello cobrizo y largo, cayendo en tirabuzones. Un flequillo largo caía hacia un lado, ensombreciendo sus ojos. Me habría sido imposible determinar el color, pero eran intensos y bonitos. En su piel blanca sin mácula resaltaban unas encantadoras pecas en su nariz. Sus labios parecían una flor abierta. Me hizo sentir fea. 

Pero me miraba como si yo fuera una diosa. Su mirada me excitaba de forma incomprensible. El recuerdo del fugaz beso que me dio cuando nos conocimos hizo que apretara los dedos. Nunca me había atraído así una mujer.

-Tal vez sí quiero que me beses -susurré.

Ella no alteró su expresión. Se acercó sutilmente a mí, sinuosa, provocativa. Su rostro estaba muy cerca de mí de repente. Su aliento fresco chocó contra mis labios, y la flor que era su boca acarició mi piel.

-Cuando estés segura, lo haré.

Se alejó.

Fue ese el momento preciso en que me enamoré de Isabelle.

23 de febrero de 2013

(Des)esperar

Hay ropa por la habitación, zapatos, falda, pantalón. Prendas que revelan su nítida desnudez, justo en medio de la cama, iluminada por el sol de media tarde, este sol de julio que tanto calor le da a su piel transparente. Tiene marcas en los hombros, los pechos y las caderas, ojeras pronunciadas y una satisfecha sonrisa felina que habla de lo que hemos hecho mejor que cualquier poesía.

Se despereza y sacude su melena dorada. Joder qué bonita es. Hace calor, mucho calor, su cuerpo perlado de sudor es una muestra pero siento el frío en las entrañas con tanta fuerza, tan delicado como lo es ella. Quisiera acercarme y abrazarla y que me abrasara, y me derritiera con ese coño suyo que es tan mío.

Ella no me mira. Sus pestañas doradas aletean y crean sombras prohibidas sobre sus mejillas. Se remueve en la cama, se sabe observada. Sus movimientos lascivos me provocan, y tal vez debería acercarme y tomarla como exige a silencios, pero mi frío la quemaría. Es bella y está cerca, sus pezones rosados me llaman y sólo puedo temblar. Por qué tanto miedo. Por qué no te dejas querer.

Se derraman lágrimas por mis mejillas y hasta que no gotean sobre mi pecho desnudo no me doy cuenta. Parpadeo. Su ropa ha desaparecido y ella me está mirando. Abre los labios en una sonrisa dulce, parpadeo y ha desaparecido. Aún hace calor, pero el frío sigue
porque no está aquí
porque nunca ha estado aquí.
¿A qué sabrán sus labios?
¿A qué sabrá su boca?

Lleva mi cama añorándola vidas, ni en este mes maldito se derrama su cuerpo en mis dedos. Cuándo podré cenarme sus gemidos, joder, que la deseo que me muero si no la toco que esto de poesía ya sólo tiene la piel desgarrada.

No es llanto esto, desamor mío, es lo único que me queda de ti.

13 de enero de 2013

Los pétalos que me salvaron/rompieron la vida

No me habían pesado tanto los ojos desde selectividad. Qué dulce era todo por aquel entonces, con los agujeritos de mi cuerpo llenos de esperanza, mirando en cada retrovisor por si te veía.

Pero nunca estabas.

Y ahora te has ido. O te he echado. Contigo nunca se sabe.

Hace demasiado frío, yo tengo demasiado viento. Y remordimientos. Y todo, y nada, que sin tus deditos helados esto es insoportable. Insoportable.

Mis ramas de olivo están putrefactas. Con tu (hu)ida se ha marchado también el sol, y se mueren los jardines de mi pecho. No me queda nada para ti. O es que se me ha caído en tus caderitas jaspeadas. ¿Tienes tú mis ganas? ¿Tienes tú mi cordura repugnante? Oh, por favor, quédatelo. Dónde estarán mejor que contigo, si es que tú has encontrado un sitio.

Te echo de menos.
Te quiero.
Te odio.

Y ojalá volvieras ahora mismo de tu maldito miedo y te dejaras querer, porque no sabes cuánto te quiero, joder.