13 de enero de 2013

Los pétalos que me salvaron/rompieron la vida

No me habían pesado tanto los ojos desde selectividad. Qué dulce era todo por aquel entonces, con los agujeritos de mi cuerpo llenos de esperanza, mirando en cada retrovisor por si te veía.

Pero nunca estabas.

Y ahora te has ido. O te he echado. Contigo nunca se sabe.

Hace demasiado frío, yo tengo demasiado viento. Y remordimientos. Y todo, y nada, que sin tus deditos helados esto es insoportable. Insoportable.

Mis ramas de olivo están putrefactas. Con tu (hu)ida se ha marchado también el sol, y se mueren los jardines de mi pecho. No me queda nada para ti. O es que se me ha caído en tus caderitas jaspeadas. ¿Tienes tú mis ganas? ¿Tienes tú mi cordura repugnante? Oh, por favor, quédatelo. Dónde estarán mejor que contigo, si es que tú has encontrado un sitio.

Te echo de menos.
Te quiero.
Te odio.

Y ojalá volvieras ahora mismo de tu maldito miedo y te dejaras querer, porque no sabes cuánto te quiero, joder.

No hay comentarios:

Publicar un comentario