9 de mayo de 2012

240 noches

Tenía las manos heladas. No era sólo por el frío, aunque tenía que ver. Sus manos de uñas cuidadas se estremecían con el frío que sentía, entre vena y arteria, por el latente dolor al saber que no podía calentarlas como quería. Notaba cómo se alzaba un muro, espeso en los dedos, transparente a los ojos. Sabía que si lo tocaba, se electrocutaría. Pero con tal de calentarse las manos heladas, era capaz de escalar desnuda.

Ella estaba sentada justo al otro lado del muro, con los ojos más tristes que nunca. No se atrevía a cruzar miradas. Podía notar el temblor en su cuerpo de pajarito, y no sabía si aquello que la envolvía era rabia, decepción o los restos machacados de un amor subestimado. Ella misma tenía el corazón destrozado, ensartado con su patética inseguridad. Quería echarse en el suelo a lamentarse, pero tenía frente suya la clave para recuperarse. No podía ser cobarde. ¿Por qué no mirarla? Por el miedo a descubrir en su mirada que jamás volvería a amarla. La invadió la furia, y la culpa por sentirse furiosa. ¡No había roto ninguna promesa! "Te rompí el corazón por no darme cuenta de que lo tenía yo", deseaba decir... Quería decir tantas, tantas cosas. Quería ser sincera y tramposa si así la retenía. Pero a los pies de Ella había una maleta desgastada. La miró a los ojos, con una tristeza nueva, y supo que iba a marcharse.

Entonces abrió los labios de caramelo y habló. Habló fríamente, con las pupilas temblando. Sufría. Se aferraba a su maletita con cierta desesperación. ¿Qué llevaría dentro? Parecía ser la clave de su salvación; la abrazaba de la misma forma que ya no la tocaría a ella. Se levantó, sin despedida. Dijo lo que debía decir, de forma tan fría, con la boca tan apretada, que no tuvo más remedio que creerla. ¿Por qué iba a mentir? ¿Por qué alejarse si quería quedarse? Se dio cuenta entonces que a mitad del discurso había empezado a llorar, lentamente. Debía tener la cara manchada y la atormentó que la última imagen no fuera hermosa.

Empezó a hablar, susurrando, muy deprisa y a destiempo. No sirvió de nada, Ella ya se alejaba, muy erguida, muy encerrada. ¿Le llegaría alguna palabra? ¿Lo notaría siquiera? ¿Sabría que mientras se marchaba, ella estaba ante el muro deseando derretirlo con sus ganas? Pero no lo tocó; tenía miedo de quemarse. Dejó de hablar cuando la figura se perdió en el horizonte. Y cuando ya no pudo verla, se le cayó el corazón de los labios, estrellándose en el suelo. Se sentía seca y frágil y quebradiza.

No fue tras Ella. No se atrevió a acercarse. El muro se alzaba imponente y ni siquiera sabía como rodearlo. Y aún si pudiera, si traspasara la frontera que había creado con sus errores, ¿cómo abrir las puertas? ¿Cómo llegar a Ella? "Encuentra valor en tu maletita. Olvídate de mí, como yo intentaré olvidarme de nosotras". Nunca fueron "tú y yo". Y no habría jamás un "nosotras".

Con la carita empapada y sucia, se dio la vuelta y echó a correr lejos del muro.