31 de agosto de 2017

"Qué raro, tengo miedo"

Voy a hacer un retrato.

Apenas puedo centrarme lo suficiente para escribir sobre todo lo que hay en mi cabeza. Pero puedo esbozar los momentos y esperar que formen un cuadro general. Que pueda verlo todo con más claridad.

Distingo una silueta a lo lejos; soy feliz y mi cuerpo retrocede ante ese sentimiento. Sus labios me encuentran antes que mi propia voz. Quiero besar la cadera derecha de un nenúfar. Una imagen de Lea Seydoux me paraliza, por lo mucho que se asemeja al corazón que me destrozó la cabeza. La sonrisa amplia mirándome a los ojos, el deseo arrastrándose entre dos personas que no se van a acercar. El familiar sabor del alcohol me besa, me siento en casa, totalmente embriagada e inconsolable.

Una sirena dice que quiere besarme. Un hombre-minotauro me embiste sonriendo, me desafía y respondo. Las sábanas huelen tanto a mí que me agobia. Quiero sentir placer y sólo siento tristeza. Busco entretenimientos mientras de reojo espero la luz morada. Ignoro la luz morada mientras finjo entretenerme.

Compartimos penas a horas intempestivas; tenemos los mismos miedos, las mismas oportunidades. Salgo corriendo hacia delante. Me bajo de un coche al borde de un ataque de ansiedad. Enfermo por callar lo que siento. ¿Enfermo de amor? Subo a un tren mirando hacia atrás. Quiero colarle el corazón en las clavículas, que me note a su lado. Quiero lamer la piel que se despliega ante mí. Memorizo un cuerpo que no me importa. Paso 8 horas llorando sin saber por qué. Vuelvo a emborracharme para poder dormir.

Mando un mensaje esperando que haya sonrisa al otro lado de la línea. Recibo una llamada en la que sólo se pronuncia una palabra, y me derrito. Ignoro un nombre esperando que se me pase el vacío arrasador al evocar a quien pertenece. Leo lo que escribí y pienso "ojalá te hubieras equivocado". Tengo razón. No me gusta tener razón cuando predigo el desenlace. No veo desenlace a su lado.

Pido un deseo. Y lo desdigo.


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