1 de febrero de 2016

Your wings, your legs and many other things

Hacía semanas que no nos veíamos.

Voló hacia mí esa noche, para dejarme llorar de puro pánico, acariciarme el cabello y apretarme hasta que dormí. No creo poder olvidar el crudo miedo, el frío paralizándome las lágrimas, las bolsas pegadas al pecho, y la sensación de mis piernas temblando por el esfuerzo. Remy me embrujó esa noche para que durmiera mucho más rápido de lo normal, me acunó, me abrazó cuando el mínimo ruido me hacía saltar. Calmó mis gritos con sus manos.

Desde entonces no había aparecido. De alguna manera sabía que necesitaba su ausencia. Y ahora está aquí, tan bella que da rabia. El cabello por fin le ha crecido y revolotea en sus hombros, con un corte descuidado. Lleva mi vestido nuevo y le sienta estupendamente. Maquillaje y sonrisa. Sonrisa.

-¿Me has echado de menos?

-Te he echado de menos.

Su sonrisa se tambalea mínimamente, pero resurge. Me hace feliz verla tan serena, tan calmada. Lleva años llamando a las puertas de nuestra locura, he tenido que encerrarla, casi la mato. Nada me asegura que no vuelva a arrastrarme a su ciénaga, pero está aquí, sonriente e impecable. Se sienta frente a mí, en la cama, exactamente en el mismo sitio en el que A suele fumar mientras me mira. Y la muy zorra lo sabe. Cierra los ojos con un gemido de satisfacción; aún nota la energía, el olor, la ternura.

-Cuéntamelo -pide con los ojos aún cerrados, sus manos recorriendo suavemente la colcha.

Y me inunda un vértigo. Un vértigo bueno.

-Hace que recuerde que soy algo más que cicatrices.

Abre los ojos, y apenas me sorprende verlos colmados de lágrimas. Siente lo mismo que yo, la misma paz y el mismo miedo visceral, en las tripas, donde más duele. Se acerca a mí para apoyar su bello rostro en mi hombro y comprendo que el pánico le hace sufrir más que el dolor. Solloza.

-No quiero que nos hagan daño -murmura, en algo que parece más una plegaria que una afirmación. La aprieto fuerte contra mi cuerpo, temblando tanto como ella. No puedo prometerle nada y lo sabe. Apenas puedo resistirme.

-Esta vez me toca a mí, Remy. Voy a cuidar de nosotras.

Solloza como un cachorro herido, buscando el calor que ahora sí (ahora por fin) tengo en el pecho. Poco a poco, paulatinamente, se calma. Se mueve para recostarse en mí, suspira, esconde sus ojos umbríos. Por fin, me mira. Su impoluto maquillaje se ha corrido y de repente es la misma Remy que hace tanto vino para quedarse. Intenta esbozar una sonrisa y abre los labios.

-No debemos tener miedo, ¿verdad? Y no podemos cerrarnos, no después de tanto. Estamos vivas, sé que nos lo merecemos pero me asusta, me asusta.

¿Qué puedo decirle, si son mis mismas dudas? ¿Qué decirle, si hay momentos en que lucho para no rendirme? ¿Qué decirle, si a pesar de los abrazos aún tengo frío? ¿Qué decirle, si tiemblo cuando A me traspasa con todo su cuerpo sin tocarme? Que a veces es placer, a veces es terror. No puedo desmentir sus palabras ni engañarla. No estamos preparadas para esto, ni para aquello, ni para nada.

Pero podemos intentarlo.


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