Me paraliza el pánico al pensar en ti.
Aún hoy, no tengo más que pensar en tu mirada la última vez que cruzamos palabra para sentir cómo se rompe algo. Crac. Nos hicimos mucho más daño del que podíamos tolerar. Y por supuesto que te culpo, cómo no iba a hacerlo si aceptar mi parte es más difícil que aceptar la tuya. Y por supuesto que todas las velas que enciendo me recuerdan a tus ojos. Desde que nos separamos, me he visto reflejada en más miradas de las que puedo recordar; ninguna de ellas me ha visto como lo hacías tú.
A pesar del lacerante sufrimiento, del autoengaño, de las maldiciones; a pesar de que la idea de enfrentarte hace que mi piel se erice y mi cuerpo se cierre; a pesar de la locura que se cierne sobre mí cada vez que estoy demasiado vulnerable para soportar tu recuerdo y ausencia. A pesar de todo esto, no amaré jamás a nadie como a ti.
No puedo.
Y no quiero.
¿Cómo iba a poder hacerlo? Es impensable. Recuerdo muy bien todo lo que eras, éramos. Podría enumerarlo durante vidas enteras y me quedaría corta. Me esfuerzo en recordar continuamente que eres la persona que más feliz me ha hecho, para no sucumbir a la locura de todo lo que nos hicimos. Ansío hablarte y decirte que está todo en el pasado; que seas feliz, no te cierres y dejes las heridas y el miedo en el pozo al que pertenecen.
Me gustaría hablarte de mis proyectos, oportunidades y pasiones. De la persona tan pura (hasta tú te dejarías acariciar por su luz) que por algún motivo ha decidido mirarme a mí antes que a otras. De la persona miserable que casi casi me rompe la psique la madrugada de un jueves. De la criatura más bella que he contemplado, apenas un esbozo, de grandes y curiosos ojos, que me devuelve la cordura con sólo engancharse a mis rizos. Me gustaría que me hablaras de ti, de quien te hace sonreír, quien te hace enfadar, qué sueños tienes ahora. Si has leído a Dara, si sabes que Grecia es nosotras.
Si te imaginas que cada vez que escribo o leo sobre ti, me duelen los brazos.
De todos los abrazos que no nos hemos dado, supongo.
Todo este tono triste y conciliador se lleva perfectamente bien con la rabia por tu desdén. Pero qué cierto es que te sigo echando de menos.
Y pensándote de más.

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