Se soltaba el pelo como quien no quiere la cosa, suave y largo hasta los hombros. Entonces se ponía los pantaloncitos más prietos que encontraba y le daba por poner culo de lujuria y pasearse descaradamente. Se detenía frente a ella y se daba unos golpecitos, provocándola para que la azotara como le gustaba. Se sentaba en la encimera de la cocina a beber agua fría y era ese el momento donde más sensual estaba, sin pretenderlo, con las tensas piernas cruzadas y la espalda ligeramente encorvada.
Si ella aún no había cedido al cabo de una hora, Paloma se acercaba, le separaba las piernas y se sentaba en su regazo. No había malicia en sus ojos enormes, solo amor a borbotones.
Entonces cedía y hacían el amor como animales, hasta que se cansaban y follaban con dulzura.
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